Para mí no es común el verle la cara a un cadáver. En el primer funeral que vi de niño, cuando me acerqué al ataúd para ese último instante en que alguna gente se despide, me largué a llorar y salí por lo fuerte del impacto. No era fácil ver a un ser querido completamente tieso, maquillado y aparentemente durmiendo, cuando sabes que en realidad no duerme y no va a despertar.
Aparte de lo simbólico que es el mostrar un cuerpo sin vida, forma parte de un rito que siempre duele, por mucho que uno trate de acostumbrarse, como es un funeral, un velorio, etc.

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