Para mí no es común el verle la cara a un cadáver. En el primer funeral que vi de niño, cuando me acerqué al ataúd para ese último instante en que alguna gente se despide, me largué a llorar y salí por lo fuerte del impacto. No era fácil ver a un ser querido completamente tieso, maquillado y aparentemente durmiendo, cuando sabes que en realidad no duerme y no va a despertar.
Aparte de lo simbólico que es el mostrar un cuerpo sin vida, forma parte de un rito que siempre duele, por mucho que uno trate de acostumbrarse, como es un funeral, un velorio, etc.
Recuerdo cuando un amigo me mandó por correo electrónico una foto de Pinochet, al día siguiente de su muerte. Me impacté demasiado al ver esa cara inflada, monstruosa, pálida y ya sin vida. Pensé que era una broma o un fotomontaje, pero bastó con ver algunas páginas web para percatarme que se podían descargar cientos de imágenes del ataúd, con acercamiento a la cara del ex dictador.
No pude dejar de recordar en ese momento la gigante cobertura periodística que tuvo en todo el mundo la agonía de Juan Pablo II, y no pensar en lo que significa el publicar en todos los medios la muerte de una persona, incluso antes de fallecida ésta (como en el caso del Papa).
Si bien antiguamente era tradición -en el campo, por ejemplo- exponer incluso los cuerpos completos de los difuntos, el que ahora sean portadas de medios de comunicación no deja de sorprenderme. Y no es alejado de la realidad el pensar que no responde a un interés periodístico ni histórico, sino más bien a simple morbo.
El hallazgo arqueológico de la tumba de Tutankamón (en 1922), y actualmente la publicación de su rostro, ha dado la vuelta al mundo por ser uno de los faraones más enigmáticos, aún cuando su reinado no haya tenido una gran trascendencia histórica, y haya muerto a los 18 años.
Sin embargo, la gracia radica en ser la única tumba que llegó sin ser violada a la época contemporánea, y Egipto decidió que ya era el momento de revelar su cara.
Me desayuné viendo la cara de Tutankamón, y pensando en el interés mundial de ver los rostros de los poderosos, una vez que ya dejaron el poder que ostentaban. Finalmente son personas tan frágiles como todas, y “el poder que ellos tienen es el que nosotros les damos”, como decía Redención 9-11. El endiosarlos o temerles es un error en el que caemos por simple creencia cultural, o por la paranoia colectiva que significa el vivir desde siempre reprimidos por la autoridad.
El verdadero rostro del poder es la muerte, y es necesario destruirlo, antes que nos destruya a nosotros.
“…Y qué va a hacer usted señor, que es tan previsor, con todos sus ahorros y sus plantas de petróleo, cuando descubra que la muerte es para todos, y se dé cuenta al fin que nunca fue feliz”, dice Attaque 77.

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